
Un estudio realizado en conjunto por la Universidad de Harvard y la Escuela de Economía de Estocolmo, revelo que la recompensa es más efectiva que el castigo para forjar la cooperación humana.
En el estudio se utilizó un juego informático de bienes públicos, que medía las acciones colectivas en un entorno artificial. En este juego cada participante debía decidir con qué cantidad iba a contribuir a un fondo común, cuyo beneficio retornaría a todos los participantes de manera equitativa.
El resultado ideal del juego se producía si cada uno de los participantes contribuía con la máxima cantidad que tuviera, pero la estrategia auto-interesada suele ser no contribuir. La mayoría de los estudios realizados hasta ahora sobre este tema habían constatado que el castigo era más efectivo que la recompensa para asegurar la cooperación en él y luchar contra dicha estrategia auto-interesada.
Según los investigadores, esto se debió a que, hasta ahora, el diseño típico de estos estudios no había considerado las consecuencias futuras de las acciones de los participantes.
En el estudio cooperaron 192 personas, donde se midieron los intereses individuales y los intereses colectivos. Cada participante tenía, asimismo, la opción de recompensar o castigar a los demás compañeros, por su contribución al grupo o por su falta de participación en él.
Los comportamientos fueron los siguientes: los participantes tendieron a sentirse resentidos con aquellos compañeros “aprovechados”, que se beneficiaban de la actividad del grupo sin contribuir en él. Esto, evidentemente, influyó en los castigos o recompensas que los “aprovechados” recibieron de sus compañeros. Por otro lado, la dinámica del juego demostró que las recompensas pueden cambiar el comportamiento individual de los componentes de cualquier grupo, así como potenciar la cooperación, sin necesidad de hacer uso del castigo como incentivo.
A pesar de los resentimientos que puedan producir los “aprovechados”, el estudio demuestra que, cuando ambas opciones están disponibles, es la recompensa la que aumenta las contribuciones y las ganancias del grupo, mientras que el castigo no tiene efecto alguno en las contribuciones ni tampoco en las ganancias generales.
Los investigadores señalan que “algunas veces se argumenta que es más fácil castigar a la gente que recompensarla, pero creemos que no es cierto. La vida está llena de situaciones donde podemos ayudar a otros. Este tipo de interacciones productivas son los ladrillos de nuestra sociedad y, por tanto, no deberían ser pasadas por alto”.
En la vida real, estas relaciones se dan en las escuelas, el trabajo y los hogares.


















En la realidad de algunos ámbitos suelen castigar a los que no contribuyen en vez de recompensar a los que si aportan, porque limitamos nuestra creatividad negándonos a otra posibilidad para alcanzar mejores logros, creyendo que hacemos lo que tebemos que hacer y en realidad no es así porque el castigo normalmente lleva implícito el resentimiento y por tanto éstoy de acuerdo en que es mejor recompensar que castigar.